



Pobres princesas, cuento de Irene Vasco
,
C
enici
enta y el Príncipe se casaron y fueron felices para siempre.
Cenicienta lavaba, planchaba, cosía y cocinaba a la perfección. El Príncipe
bailaba y bailaba día y noche.
¿
Cenicienta, vamos al País Azul. La hija del rey cumple quince años y
somos sus invitad
os de honor. ¿Por qué no aprovechas para usar las
zapatillas de cristal? Se te ven tan bonitas.
¿
Ay, Príncipe, le prometí al cocinero real que le enseñaría mi receta de
pastel de chocolate. Otra vez será.
¿
Cenicienta, estamos invitados al baile de disfrace
s del príncipe
Sebastián. Deberías usar el vestido que te regaló el hada madrina. Es
que te ves preciosa.
¿
Ay, no puedo salir esta noche. Tengo mucha ropa por remendar. Otra
vez será.
Cenicienta no salía de la cocina, no usaba zapatillas de cristal, no se
ponía
bellos vestidos, en fin, no se volvió a ver por ningún salón. Cuentan que
engordó tanto con las famosas recetas, que tuvo que regalar los vestidos de
ojalillo y organdí que le había dado el hada madrina.
Sus hermanas, mientras tanto, se esmeraban por
lucir hermosas. Ensayaban
peinados de dos pisos, iban al sastre para que les fabricara preciosos lunares
de terciopelo, se ajustaban las cinturas con lazos de colores, encargaban
esencias y perfumes y aprendían los ritmos de moda.
Desde hace tiempo, son e
llas quienes acompañan al Príncipe a todas partes.
Dicen que se han puesto tan bonitas que hasta pueden lucir las zapatillas de
cristal. El Príncipe no se cansa de admirarlas y en la noche, al regresar de las
fiestas, repite:
? ¡Cenicienta, eres fantástica
! ¡Nunca imaginé que esas hermanas de
quienes hablabas tan mal pudieran actuar como verdaderas princesas!
Cenicienta sonríe entredormida, se vuelve de lado y sigue soñando feliz entre
sus sábanas de encaje
Cuento de Rocio Sanz
La Bella Durmiente tenía insomnio.
¡Qué tragedia!
Tú recordarás el cuento de la Bella Durmiente: la maldición del hada mala y
cómo la princesa se pincha el dedo con un huso de hilar y cae como muerta.
Recordarás que interviene el hada buena y
modifica el hechizo:
–
La princesa no morirá. Dormirá por cien años y entonces vendrá un príncipe a
despertarla.
También te acordarás que todo el palacio se duerme y crece un espeso bosque
a su alrededor.
Todo había salido bien hasta ese momento. Dormían
ya el rey y la reina, los
perros y los canarios, las damas y los caballeros, los guardias y los lacayos.
Dormían el fuego en la chimenea y el agua de la fuente, pero la protagonista
del cuento, la mismísima Bella Durmiente, ¿tenía insomnio y no se podía
d
ormir!
El hada madrina no sabía qué hacer. En todo aquel palacio dormido sólo
velaba el aya anciana que había criado a la princesa y había venido a vigilar su
sueño. ¡Pero no había tal sueño! La Bella Durmiente padecía insomnio.
El hada agitaba en vano
su varita mágica: la princesa no se dormía. Se
paseaba con el aya por los salones dormidos, pero no le llegaba el sueño.
–
¡Esto no es posible!
–
se quejó la anciana, fatigada de caminar
–
. ¡La Bella
Durmiente no puede pasar cien años despierta!
–
¡Estaré h
echa una ruina cuando aparezca el príncipe!
–
clamó la pobre
princesa
–
. Hada madrina, ¡tienes que hacer algo!
El hada se quedó pensativa un momento. Luego exclamó:
–
¡Ya sé! Pediré prestada la manzana de Blancanieves. La morderás y caerás
como dormida. Co
ntrataremos a los siete enanos: ellos te fabricarán un
precioso ataúd de cristal para que te encuentre el príncipe.
–
¡Nooo!
–
protestó la princesa
–
. ¡Yo no quiero al príncipe de Blancanieves, ella
se pondría celosa! Yo quiero a mi propio príncipe. ¡Este es
MI cuento!
–
sollozaba.
–
Podríamos cambiarle el nombre...
–
meditó el hada
–
. Ponerle... "La Bella
Insomne del Bosque"... Pero significaría mucho trabajo extra
–
recapacitó
–
.
Habría que irse al siglo dieciocho y cambiar el texto original, contratar otras sei
s
hadas madrinas, una bruja especial, ¡el sindicato de brujas protestaría por las
horas extras! Y con la inflación
–
terminó diciendo el hada
–
el costo sería prohibitivo.
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–
¡Además
–
clamó la princesa
–
los niños me conocen como la Bella Durmiente
y no es ju
sto que me cambies el nombre! ¡Ay, madrina! ¿Qué voy a hacer
durante cien años despierta y sola?
–
Podrías escribir un libro de soledad...
–
sugirió el aya.
–
¡Ya está escrito!
–
exclamó la pobre Bella Despierta, y se echó a llorar.
Los niños escucharon su
llanto.
Los niños solos oyeron los sollozos de aquella pobre muchacha y decidieron
ayudarla.
Vinieron de todas partes y le contaron cuentos para entretener su vigilia.
Cada niño y cada niña inventó un cuento sobre el insomnio de la Bella
Durmiente. ¡Ha
y tanto que hacer en cien años!: cosas útiles y bellas, juegos y
viajes, libros, fantasías y realidades.
La Bella Durmiente jugó con los niños y los cien años se le pasaron en un
suspiro.
Cuando, al fin, llegó el príncipe, se sorprendió de encontrarla de
spierta y fresca
como una niña. ¡Hasta el aya se había conservado fresca!
El palacio despertó, como en el cuento original, y las bodas del príncipe y la
princesa se celebraron con gran pompa y alegría. Ninguno de los dormidos
supo nunca del insomnio de l
a Bella Durmiente.
Pero tú sí sabes el secreto y, cuando quieras, puedes inventar un cuento para
consolar a la Bella Durmiente cuando no pueda dormir.
Los padres tenemos la creencia de que estamos diseñados para evitar el sufrimiento de nuestros hijos.
Primer error: Confundimos la disciplina con rìgidesz y lo opuesto al amor, sin darnos cuenta que la disciplina es otra cara del amor porque consiste en dotar a nuestros hijos de la herramienta del èxito.
Segundo error: Confindimos sus conductas con su caràcter y por ello no corregimos; "Es igualito a su padre", "Asì era yo de niña", "Me saliò un hijo rebelde"
Tercer error. Vemos los lìmites como algo doloroso, por lo que no logramos ver el aspecto protector. la disciplina aporta lìmites protectores.
Cuarto error: Somos adultos indiciplinados y olvidamos que somos modelos a imitar por nuestros hijos.